sábado, 28 de mayo de 2011

capítulo 1

-¡Abuela, abuela, cuéntame de nuevo la historia!- protestó un niño pequeño, de cabellos rojos y ojos grises, en su cama

-No, cariño, ya es hora de que te vayas a dormir-contestó cansada la anciana- o si no vendrá un siervo y te comerá

-¡Yo no les tengo miedo! Algún día saldré de la tribu y exploraré lo más lejano. ¡Llegaré a las montañas del horizonte!- gritó con ímpetu

-Ya sabes que no se puede llegar a esas montañas- dijo comprensivamente

-Yo podré- aseguró confiado- encontraré la forma

-Seguro que si, cariño. – le dio la razón cariñosamente.- Pero hasta entonces tendrás que irte a dormir a la hora que te diga. Dulces sueños Kettan- dijo mientras le daba un beso en la frente

-Buenas noches abuelita- dijo cediendo a las garras de las profundidades del sueño

La mujer se marchó del dormitorio, donde ya dormía el hermano del niño, al juzgar por el aspecto, hermano gemelo, y entró en otra habitación donde ardía una hoguera. Mirando hipnotizado el ascender de las llamas del fuego estaba un hombre, también anciano, de poblado cabello blanco, clara piel y un aire sabio y espiritual. Era su marido.

-Ya es la hora- dijo éste sin dejar de observar las llamas

-Lo sé- susurró ella

Se levantó del asiento y se encaminó a la puerta

-Espérame. Volveré lo antes que pueda. Aunque no pueda volver nos encontraremos de nuevo.

-Lo sé.

-Te quiero.

Ella lo miró a los ojos.

-Yo también a ti

El hombre se quitó el único anillo que tenía y se lo entregó a su mujer. Era un anillo de oro, con bellas filigranas y en el centro una piedra brillante. Una piedra que en nada se parecía a lo que puedas imaginar. Una piedra mágica. Una piedra hecha de éter.

-No puedo llevarlo. Guárdamelo- le rogó conteniendo las lágrimas en sus ojos del color del hielo

-Lo haré- sollozó la mujer, llorando abiertamente.

Era una escena desoladora. Era una emotiva despedida, un adiós para siempre enmarcado en una noche estrellada sin luna.

Se despidieron con un beso. El se encaminó al bosque. La mujer le siguió con la mirada hasta que se lo tragó la noche. Iba totalmente desprotegido. No llevaba su piedra brillante.

La mujer dibujó un extraño símbolo en la tierra de fuera de la casa. Luego, miró a la estancia vacía y, dando una palmada, apareció una esfera de luz. Apagó la hoguera y guiada por su estrella particular llegó a su cama, esa noche medio vacía.

Y esa cama nunca más volvió a llenarse.

***

El hombre no miró hacia atrás. Temía arrepentirse si veía de nuevo a su esposa. Siguió caminando. No tenía ningún talismán protector, y tampoco le hacía falta para lo que quería.

No había avanzado ni 200 metros cuando vio la primera sombra moverse. No atacaba todavía. Le estaba tanteando. Observaba si él tenía algo que pudiera servir de arma. Al parecer no encontró nada amenazante y, finalmente, atacó.

Lo último que vio ese hombre en esa vida fue el destello negro de los dientes de la bestia aprisionándole la garganta, cortándole la respiración en seco. Su propia sangre bañó su cuerpo. No opuso resistencia. Aunque se hubiera arrepentido en ese mismo instante, cosa que no hizo, no podría haber hecho nada. Además, esa era justo la razón por la que había ido allí.

Para morir.

El cuerpo sin vida cayó al suelo. Nunca encontraron su cadáver. Mejor que no lo hiciesen pues, en caso contrario, nadie sería capaz de reconocerlo. A excepción, quizás, de su desconsolada amada.

miércoles, 18 de mayo de 2011

prólogo

En un trozo de tierra, en algún punto indeterminado entre las montañas de niebla y los bosques oscuros, cercano a un manantial de aguas cristalinas, vivía la tribu, formada por unas cien personas agrupadas en un puñado de casas amontonadas. La historia de la tribu era muy reciente. Se había formado cuando, tan solo dos generaciones atrás, 5 parejas de chamanes decidieron asentarse allí. Como llegaron a esa situación es otra historia que te contaré más adelante, ahora sigamos con la aldea.

Las calles eran estrechas y tierra compactada su único pavimento. Los afilados techos de las viviendas advertían de la lluvia torrencial que caía estacionalmente. Una empalizada de piedra rodeaba por completo el perímetro de esta ciudad en miniatura donde todos eran una familia, faltando únicamente en dos zonas, donde se ubicaban las puertas. No había ninguna otra aldea cercana. De hecho no había ninguna otra aldea. Nunca nadie había visto alguna persona que no fuera de la tribu. El muro de piedra no era para protegerse de ataques de poblaciones vecinas, sino para protegerse de algo mucho más peligroso.

Los siervos oscuros.

Ya no recordaban quién les había dado ese nombre, pero era perfecto para describirlos, pues las pocas veces que habían sido avistados, y el observador había vivido para contarlo, parecían no negros, sino que absorbían la luz de alrededor, y al moverse dejaban una estela de grises más opacos que el humo pero igual de efímeros. Hasta los dientes, temibles sierras afiladas, eran negros. Lo único de ellos que no era oscuro eran sus ojos, del color de la sangre fresca. Su forma, parecida a la de un lobo, pero mucho más grande, les concedía una velocidad sorprendente, además de ser muy ágiles para su tamaño, así que era poco creíble que un muro como ese los detuviera. Pero no era un muro cualquiera. La parte superior de los muros estaba adornada con unas incrustaciones brillantes, unas piedras que reflejaban la luz del sol incluso cuando éste estaba ausente. Parecía que esas piedras eran lo único que los detenía. Pero dejemos de hablar de monstruos o piedras mágicas y centrémonos en nuestra historia.