miércoles, 18 de mayo de 2011

prólogo

En un trozo de tierra, en algún punto indeterminado entre las montañas de niebla y los bosques oscuros, cercano a un manantial de aguas cristalinas, vivía la tribu, formada por unas cien personas agrupadas en un puñado de casas amontonadas. La historia de la tribu era muy reciente. Se había formado cuando, tan solo dos generaciones atrás, 5 parejas de chamanes decidieron asentarse allí. Como llegaron a esa situación es otra historia que te contaré más adelante, ahora sigamos con la aldea.

Las calles eran estrechas y tierra compactada su único pavimento. Los afilados techos de las viviendas advertían de la lluvia torrencial que caía estacionalmente. Una empalizada de piedra rodeaba por completo el perímetro de esta ciudad en miniatura donde todos eran una familia, faltando únicamente en dos zonas, donde se ubicaban las puertas. No había ninguna otra aldea cercana. De hecho no había ninguna otra aldea. Nunca nadie había visto alguna persona que no fuera de la tribu. El muro de piedra no era para protegerse de ataques de poblaciones vecinas, sino para protegerse de algo mucho más peligroso.

Los siervos oscuros.

Ya no recordaban quién les había dado ese nombre, pero era perfecto para describirlos, pues las pocas veces que habían sido avistados, y el observador había vivido para contarlo, parecían no negros, sino que absorbían la luz de alrededor, y al moverse dejaban una estela de grises más opacos que el humo pero igual de efímeros. Hasta los dientes, temibles sierras afiladas, eran negros. Lo único de ellos que no era oscuro eran sus ojos, del color de la sangre fresca. Su forma, parecida a la de un lobo, pero mucho más grande, les concedía una velocidad sorprendente, además de ser muy ágiles para su tamaño, así que era poco creíble que un muro como ese los detuviera. Pero no era un muro cualquiera. La parte superior de los muros estaba adornada con unas incrustaciones brillantes, unas piedras que reflejaban la luz del sol incluso cuando éste estaba ausente. Parecía que esas piedras eran lo único que los detenía. Pero dejemos de hablar de monstruos o piedras mágicas y centrémonos en nuestra historia.

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