-¡Abuela, abuela, cuéntame de nuevo la historia!- protestó un niño pequeño, de cabellos rojos y ojos grises, en su cama
-No, cariño, ya es hora de que te vayas a dormir-contestó cansada la anciana- o si no vendrá un siervo y te comerá
-¡Yo no les tengo miedo! Algún día saldré de la tribu y exploraré lo más lejano. ¡Llegaré a las montañas del horizonte!- gritó con ímpetu
-Ya sabes que no se puede llegar a esas montañas- dijo comprensivamente
-Yo podré- aseguró confiado- encontraré la forma
-Seguro que si, cariño. – le dio la razón cariñosamente.- Pero hasta entonces tendrás que irte a dormir a la hora que te diga. Dulces sueños Kettan- dijo mientras le daba un beso en la frente
-Buenas noches abuelita- dijo cediendo a las garras de las profundidades del sueño
La mujer se marchó del dormitorio, donde ya dormía el hermano del niño, al juzgar por el aspecto, hermano gemelo, y entró en otra habitación donde ardía una hoguera. Mirando hipnotizado el ascender de las llamas del fuego estaba un hombre, también anciano, de poblado cabello blanco, clara piel y un aire sabio y espiritual. Era su marido.
-Ya es la hora- dijo éste sin dejar de observar las llamas
-Lo sé- susurró ella
Se levantó del asiento y se encaminó a la puerta
-Espérame. Volveré lo antes que pueda. Aunque no pueda volver nos encontraremos de nuevo.
-Lo sé.
-Te quiero.
Ella lo miró a los ojos.
-Yo también a ti
El hombre se quitó el único anillo que tenía y se lo entregó a su mujer. Era un anillo de oro, con bellas filigranas y en el centro una piedra brillante. Una piedra que en nada se parecía a lo que puedas imaginar. Una piedra mágica. Una piedra hecha de éter.
-No puedo llevarlo. Guárdamelo- le rogó conteniendo las lágrimas en sus ojos del color del hielo
-Lo haré- sollozó la mujer, llorando abiertamente.
Era una escena desoladora. Era una emotiva despedida, un adiós para siempre enmarcado en una noche estrellada sin luna.
Se despidieron con un beso. El se encaminó al bosque. La mujer le siguió con la mirada hasta que se lo tragó la noche. Iba totalmente desprotegido. No llevaba su piedra brillante.
La mujer dibujó un extraño símbolo en la tierra de fuera de la casa. Luego, miró a la estancia vacía y, dando una palmada, apareció una esfera de luz. Apagó la hoguera y guiada por su estrella particular llegó a su cama, esa noche medio vacía.
Y esa cama nunca más volvió a llenarse.
***
El hombre no miró hacia atrás. Temía arrepentirse si veía de nuevo a su esposa. Siguió caminando. No tenía ningún talismán protector, y tampoco le hacía falta para lo que quería.
No había avanzado ni 200 metros cuando vio la primera sombra moverse. No atacaba todavía. Le estaba tanteando. Observaba si él tenía algo que pudiera servir de arma. Al parecer no encontró nada amenazante y, finalmente, atacó.
Lo último que vio ese hombre en esa vida fue el destello negro de los dientes de la bestia aprisionándole la garganta, cortándole la respiración en seco. Su propia sangre bañó su cuerpo. No opuso resistencia. Aunque se hubiera arrepentido en ese mismo instante, cosa que no hizo, no podría haber hecho nada. Además, esa era justo la razón por la que había ido allí.
Para morir.
El cuerpo sin vida cayó al suelo. Nunca encontraron su cadáver. Mejor que no lo hiciesen pues, en caso contrario, nadie sería capaz de reconocerlo. A excepción, quizás, de su desconsolada amada.
No hay comentarios:
Publicar un comentario